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jueves, 22 de abril de 2010

BAILARÍN


-Hace tiempo que no lo veo, un par de semanas al menos -un trago largo al botellín de agua. A morro que sabe mejor-. Veinte años viéndonos siempre a la misma hora y de pronto desaparece.
El tipo viste pantalón corto, camiseta de tirantes y zapatillas de corredor. Lleva a la espalda una mochila que es igualita que la de las muñecas de mi hija. Pero no, la del deportista es de "marca" y está diseñada para guardar llaves, dinero y un reproductor de música de esos enanos que hay.
(Yo aún recuerdo los "walkman" ¡Dios, me estoy convirtiendo en un carcamal!)

-Veinte años, joder. A saber si le ha pasado algo. Ponme otra de agua, pero que no esté fría.
-Llámale, coño, ¿no tienes su número?
El corredor niega con la cabeza.
-¡Qué va! No sé ni cómo se llama.
-¿Qué? ¿Pero no sois amigos?
En el bar no hay nadie excepto el Piojoso, el corredor y yo. Es domingo por la mañana y he madrugado más de lo normal. En ocasiones, las horas pesan... Se ve que los domingos, los habituales de El Piojoso se dejan enredar por las sábanas o por la familia o por lo que sea y lo de venir a primera hora lo dejan para entre semana. Luego sí que vienen, que a media mañana los veo a todos trasegando cervezas como si se quisieran recuperar el tiempo perdido.
-Nos cruzamos, bueno cruzábamos, todas las mañanas en el bulevar, corriendo -explica el corredor tras darle un trago largo al botellín-. Yo le llamo "Bailarín"porque tiene una manera muy curiosa de correr; balancea los brazos como si estuviera bailando rock and roll. Me pregunto cómo me llamará él a mí.
El Piojoso no dice nada, pero por el brillo en su mirada creo que está pensando en expresiones como memoloscojones, capullete o tontoelhaba. Me sirve el café con una media sonrisilla borde. Le doy las gracias y aguardo a ver si el otro tiene algo más que decir. Lo tiene.
-Ya sé que parece una tontería -comenta como si nos hubiera leído el pensamiento-. Pero llevaba cruzándome con Bailarín todas las mañanas a las siete y media desde hacía veinte años. Él en una dirección y yo en la otra. Nunca fallábamos, ni él ni yo. Y ahora no está. Dos semanas sin verle, es jodido...
Al tipo parece que se le quiebra la voz. Me siento algo avergonzado por haberme tomado a broma lo suyo. Al mirar de soslayo al Piojoso, veo que ya no sonríe. Está fumando con la precisión de una locomotora y se ha puesto serio.
-Será del barrio, hombre. Si preguntas por ahí seguro que alguien sabe quién es.
-Claro, solo tengo que ir por ahí diciendo si alguien ha visto a un tipo que corre como si bailara rock and roll, -acaba riendo socarrón, su propio comentario.
-Hombre, visto así.
El corredor no dice más, paga los botellines y sale a la calle donde emprende un trotecillo suave.
El Piojoso me mira fijamente.
-Para que luego digan que hacer deporte es sano -suelta de pronto con una carcajada.
No puedo evitar reírle la salida. Supongo que no hay nada mejor que la risa. Ni siquiera el deporte.

miércoles, 10 de marzo de 2010

DESEOS


—No puedo evitar pensar qué ocurriría si la gente supiera de verdad como soy.
—Ya estamos con la metafísica de los cojones.
—No, coño, lo digo en serio.
—Y yo también lo digo en serio. Venga, no des por culo de buena mañana.
Un rumor leve de fondo asiente mostrándose de acuerdo con el Piojoso. Hace frío, un helor que te mete mano y, a la que te descuidas, acaba por robarte toda la tibieza. No nos hace ninguna falta que Sabio venga con sus ocurrencias baratas… Sí, supongo que tampoco tengo el día y me apetece que estos momentos iniciales transcurran en silencio para cobijar la esperanza de que quizás hoy…
—¿Me invitas a un café, cariño?
Isabel manosea el aire frente a mí mientras su mirada vuela de mi rostro a la barra, de ahí al Piojoso y devuelta a mí, sin detenerse demasiado en ningún sitio.
—Claro —respondo con una sonrisa que improviso.
—Tabaco no —dice para sí, tras darme las gracias—. Tú ya no fumas.
Pues no, pienso para mí, eso que he ganado.
No tarda en sacar un pitillo de alguno de la barra y enlaza las manos alrededor del café con leche. La observo con tristeza —hoy todo es del color de la ceniza—, con su suéter raído, sus pantalones desgastados y la expresión minada. Me parece que hoy al día le van a sobrar horas por todas partes.
—Y no hablo de las cosas que he hecho —sigue Sabio como si no hubiera mediado interrupción alguna—. No digo que no haya hecho alguna que otra barrabasada, ya lo creo. Je, je. No, en realidad me refiero a los deseos—. Se interrumpe mientras enciende con parsimonia un cigarrillo. Casi a mi pesar me encuentro aguardando a lo que vendrá a continuación. No soy el único.
—Que te zumbarías a tu cuñada y no quieres que tu parienta lo sepa, ¿eh? —el Piojoso ríe con aspereza—. Tú y tus deseos.
Sabio niega con gravedad e ignorando la burla.
—No, eso son chorradas. Me refiero a deseos de esos profundos, esos que tienes cuando te despiertas en mitad de la noche o cuando estas distraído y de pronto te vienen a la cabeza. Esos deseos. Y cuando los tengo, me pregunto si la gente que me quiere, de saber lo que ronda…
Me quedo esperando algún comentario o más bien alguna pregunta para que Sabio ponga algún ejemplo. Pero nadie habla y de pronto la tensión se podría arañar.
—Deseos, cosas de niños. Nadie te da un deseo, nadie. Cosas de niños. Yo perdí a los míos —Isabel ahoga el sollozo en que derivaba la frase y, mientras manotea como si recogiera las palabras que acaba de pronunciar, se marcha a toda prisa.
—No era eso de lo que…
—Tómate una copa
—No sé…
—Tómate la copa y cierra el pico.
Y Sabio se la toma y también cierra el pico, como le pide el Piojoso, y yo me marcho contando las horas que le quedan al día.

miércoles, 10 de febrero de 2010

JUSTICIA POÉTICA



-¿No te fías de mí?
-Pues mira, no. Antes le meto la mano en la boca al perro del Jaime que dejarte a ti un euro.
-¡Serás cabrón! Mi perro no es tan malo.
-No, solo que le sobran dientes y mala leche.
-Si la gente lo deja en paz, no hace nada.
-Y si tú me dejas en paz a mí, no te mando a la mierda -se revuelve el Piojoso. No le faltan motivos, el can en cuestión tiene a medio barrio acongojado y el dueño es un capullo de mucho cuidado.
-Coño,Paco...
-Paco tiene razón, tu perro es un peligro. Es muy cabrón el chucho ese.
-De chucho nada, es un rottweiler con pedigrí. -El tal Jaime se muestra indignado, tanto como si estuviera hablando de un hijo.
-Pues al rotpolla ese lo mantienes lejos de mi bar, ya lo sabes.
-Vale, hostia. No lo he vuelto a traer desde entonces.
-Pues eso, lejos de aquí -espeta el Piojoso zanjando la discusión. Se vuelve hacia el otro-. Y tú, que me des la razón no va a hacer que te dé un duro. Yo no doy pasta para que te la juegues en la puta máquina.
-¡Que no es para la máquina, Paco! Que estoy sin una perra, hasta mañana no cobro el paro, y no tenemos ni para comer. Te lo juro por mi madre.
-¿Por tu madre?
-Sí, y sabes cuánto la quería. -Tiene la mirada ansiosa y se frota las manos.
-Sí, eso es lo más jodido, que lo sé. -Los ojos entrecerrados y el pitillo que sube y baja. El Piojoso está pensando.
-Vale, te vienes a comer aquí.
-¿Eh?
-Tengo potaje de garbanzos con chorizo y todo.
-Pero si tú no haces comidas.
-Hoy sí. Te vienes a las dos con la familia. Coméis aquí y ya os daré algo para cenar. Y sed puntuales, ¿vale?
El aludido cabecea, vencido, murmura algo que parece un gracias y se marcha.
-No vendrá -suelta Jaime, curvando el labio en señal de desprecio-. Ese desgraciado solo quiere pasta para jugar.
-Vendrá -sentencia el Piojoso-. Si quieres nos jugamos las pelotas de tu perro.
-Me cagüento, deja ya al animal en paz.
-En eso tienes razón, el peor animal eres tú.
-Mira, Paco, me parece que voy a cambiar de bar.
-Ya tardas.
-Paco, hablo en serio.
-¿Qué cojones te hace pensar que yo voy de coña?
Jaime abre la boca, se lo piensa mejor, saca dos euros que deja en la barra y se marcha muy digno por la puerta.
-Capullo de los cojones. No sé cuál es peor, este con su puto perro y la chulería o el otro con las máquinas. -El Piojoso está cabreado de verdad. Está claro que todo viene de antiguo.
-Pues cada uno a su estilo -dictamina Sabio, que hasta el momento no había soltado ni una.
El Piojoso asiente pensativo.
-Y ahora encima te toca estar de cocinitas, porque ese viene aunque sea para no perder la cara.
-Ya lo sé. Está todo listo: un par de botes y el microondas. Y unas natillas que tengo por ahí. Y para cenar embutido de mi pueblo. Ya verás lo lustrosos que están mañana.
-Ja,ja,ja.
Y la suave risa se extiende como una ola entre los habituales. Es una risa de alivio, las cosas se habían puesto algo ásperas.
Me río también, y lo hago a gusto.

martes, 2 de febrero de 2010

DETALLES


-Ponme una copa.
-¿Soberano?
-De lo que sea.
-Estamos jodidos, ¿eh?
-Sí, hasta el cuello de mierda.
-¿Y eso?
Encoge los hombros y frunce la boca.
-Todos tenemos lo nuestro, ¿qué más da?
Entonces entra Isabel, ella por un lado y por el otro sus manos peinando el frío de la mañana. Se acerca al de la copa.
-¿Tienes para un café, cariño?
Estoy a punto de hacerle un gesto para indicarle que la invito yo. Pero el hombre se vuelve y la mira de arriba abajo: el pelo alborotado y repleto de canas, los ojos que revolotean como una polilla atrapada, el viejo suéter de pico, los vaqueros raídos...
-Claro, -dice el hombre,con una sonrisa-. Será un placer invitar a una dama. Ponle lo que quiera a la señora, Paco.
Isabel baja las manos, dejándolas a los costados, y sonríe nerviosa. Juraría que se ha ruborizado.
-Gracias. Tengo café en casa, pero ...
-Pero como el de Paco ninguno, ¿verdad? -y el hombre le ofrece un cigarrillo.
Ella asiente y acepta el Camel.
-Gracias, ya casi no quedan caballeros.
-Ni damas, señora, ni damas.
Los dos sonríen y luego cada uno va a lo suyo.
El Piojoso le sirve el café a Isabel y la copa al hombre. No vuelven a hablarse hasta que ella dice gracias y adiós.
Cuando me voy, el hombre sigue en la barra mimando su copa, echando humo... y sonriendo.

viernes, 29 de enero de 2010

EL CAMINO


—A veces me entran ganas de dejarlo todo atrás y salir a caminar. Pero no por una carretera. Me gustaría que fuera un sendero sin asfaltar, todo polvoriento, pero sin muchas vueltas y revueltas. Prefiero que apunte al horizonte como una flecha y que enfile hacia la puesta de sol. Y a los lados del camino, campos de trigo y cebada con amapolas entre las espigas. Y de tanto en tanto una arboleda, unos cuantos chopos o álamos, pero nada de bosques. Y alguna que otra colina con romero, espliego, brezo, lavanda y tomillo. Y tendría que ser primavera, una suave y cálida con chaparrones. Nada serio, lo justo para refrescar el ambiente y que todo se mantuviera verde.
Y cuando me apeteciera, subiría a una de las colinas y podría ver el mar a lo lejos. Un mar en calma o, como mucho, con olas rizando espuma con parsimonia.
Y cada anochecer llegaría a un pueblo pequeño en el que habría una plaza con un gran árbol en el centro: un roble, una encina o algo por el estilo. También habría un bar para cenar y tomarme algunas copas mientras charlo con los lugareños o echo una partida al tute o al dominó. Luego alguien me ofrecería alojamiento para pasar la noche y yo aceptaría. Al día siguiente, cuando rompiera el sol por levante, ya estaría de nuevo en camino. Y así un día tras otro sin mayor preocupación que echar un pie tras el otro.
—Te aburrirías.
—¿De qué?
—¡Coño de qué! pues de hacer siempre lo mismo, Paco.
—¿Y que crees que hago ahora, listo? ¿Y vosotros? Todos los putos días lo mismo y no os veo muy divertidos.
El Piojoso da una profunda calada al cigarrillo que acaba de prender.
—Venga, no me pongáis esas caras. Era una coña, ¿qué iba yo a hacer sin vosotros? Vamos con los cafés.
Y el repique de tazas y copas son el único sonido que se oye en el bar hasta que me marcho.
Fuera hace frío y huele a lluvia. Compro el periódico y me voy a casa pensando en cómo seria el camino que yo elegiría.
El día se presenta lleno de grises.

domingo, 24 de enero de 2010

TRAGAPERRAS E HIENAS


-El otro día estuvo por aquí.

-¿Y qué?

-Me pidió pasta.

-¿Le diste?

-Veinte pavos. Para hacer la compra. -Aspira el humo y encoge los hombros-. Me dio lástima.

-¿Eso fue ayer?

-Justo, por la mañana.

-Pues lo vi por la tarde en el bar de Manolo dándole a la máquina.

-¡Será cabrón!

Sabio echa la cabeza hacia atrás esquivando el humo ensalivado del otro.

-Es un vicio.

-Si, y el de su familia también, ¿no? Vicio de comer. Si lo pillo, se va a enterar. -El Piojoso aprieta los dientes con rabia, tanta que corta la boquilla del cigarrillo.

-Pues lo verás, esos siempre cubren el mismo territorio.

-Como las hienas.

-Nunca le he visto reír.

-Las hienas tampoco se ríen.

-Es un desgraciado.

Acaban callando.

La máquina del fondo sigue con sus cantos de sirena.

jueves, 21 de enero de 2010

...año de bienes



-Nieve por todas partes y la gente con trineos, esquíes,... Dice el alcalde que si la cosa sigue así, nos vamos a hacer ricos.
-Y tú te quedaste esquiando, ¿no?
-Claro, teníais que haberme visto; estoy hecho un profesional.
Cruzamos todos miradas de incredulidad. Mientras, Isabel palpa el aire intentando darle forma al humo que flota como una nube por el interior del local.
Bajito se remueve sobre su silla.
-Coño, ¿me vas a decir que has estado fuera esquiando estos tres días?
-Sí, mi semana blanca -afirma el Piojoso muy sonriente.
-¿Y que han puesto pistas de esquí en tu pueblo?
-Sí, eso es. Joder, eres la leche. Lo coges todo a la primera.
-¡Pues podías haber dejado un cartel! -acaba por estallar Bajito-. Que aquí hemos estado preocupados.
-¿Un cartel? - se revuelve el Piojoso con los ojos entrecerrados. Isabel parece husmear que algo acaba de torcerse y dando unas gracias musicales, se marcha con las manos entrelazadas.
-Sí, joder, un cartel diciendo que estabas de vacaciones.
-No estaba de vacaciones, listillo. Nevó tanto que no había manera de salir del pueblo.
Bajito recula, acaba su copa y recordando experiencias anteriores, musita un "me alegro que estés de vuelta" y sale a escape. El Piojoso se ríe para sí mismo mientras enciende un pitillo.
-Anda que no eres tú cabrón -suelta Mario con una suave sonrisa-. ¡Esquiando! serás mamón.
El Piojoso se encoge de hombros sin dejar de reír.
-¿No es la fiesta del embutido en tu pueblo?
El de la barra no contesta, pero la risa cobra un ritmo más grave.
-Fuego de leña, buen chorizo con pan, vino, carajillos y partidas de cartas. Eso es lo que tú has esquiado.
-Pero estábamos aislados.
-Ya -bufa Mario.
-Y bien que lloramos cuando llegaron las quitanieves. Nadie las había llamado, no nos faltaba de nada. -Suelta una carcajada sonora a la vez que expulsa el humo del cigarrillo.
-Pues casi te quedas sin clientela -comenta otro. Creo que se llama Manolo.
El Piojoso sonríe abiertamente.
-¿Sin vosotros? ¿Y a dónde vais a ir, pringaos? ¿A la panadería con las marujas y todas esas luces?
La pregunta queda sin respuesta. Pero tiene razón, los habituales del bar no tienen lugar en sitios como las panaderías esas donde sirven cafés. Serían como vampiros tomando el sol.
Me marcho y distingo las luces de la panadería en cuestión. Buen café tienen, eso sí...
Me alegro de que el Piojoso haya vuelto.

martes, 12 de enero de 2010

Año de Nieves...


-¿Dónde estará?

-Iba para su pueblo el fin de semana. Seguro que está aislado por la nieve o algo así.

-Joder, pues a ver dónde vamos.

Somos cuatro frente al Piojoso dando saltitos en la acera para ahuyentar el frío.

-Está la panadería esa que ponen cafés -sugiere uno con la nariz goteante.
-No dejan fumar.

-Pues por aquí está todo cerrado.
Al cabo de cinco minutos nos gruñimos un hasta luego resignado y cada cual se dirige a casa. Bueno, yo no. Yo ya no fumo, así que me voy a la panadería y pido un café. No aguanto demasiado. Mucha luz, gente entrando y saliendo que vocifera buen día como si por el hecho de gritarlo fuera a ser mejor. Las conversaciones sobre el pan, el frío, los niños, los mayores...

El café no está mal, eso que me llevo.

Espero que la nieve se derrita pronto.

miércoles, 6 de enero de 2010

MANOS


En el barrio hay una presencia liviana como un suspiro que se presiente antes que verse.

Haga frío sobón o calor impertinente, luce siempre el mismo suéter de pico y colores rotos. Los vaqueros mugrientos se despeñan buscando donde aferrarse en las piernas magras hasta caer sobre los pies. Allí asoman las zapatillas que son de las llamadas pantuflas, de ir por casa. Estas hallan hogar en las aceras que encaminan sus adoquines a las puertas de los bares.

Camina a trancas como una marioneta de hilos flojos y se detiene cada pocos pasos. Es entonces cuando las manos buscan el aire. Manos de dedos largos, uñas rotas y negras que no arañan el aire, solo lo acarician conjurando quién sabe qué. Ella musita o canturrea y tiene la mirada más allá. Solo dura unos segundos, luego las manos caen a los costados, yertas, agotadas. Y ella se pone de nuevo en marcha asomando la cabeza por los bares y pidiendo para un café y también un cigarrillo. La voz es extrañamente infantil, aunque la mirada deshace enseguida la impresión.

-Hola, Isabel. ¿Cómo va? -el Piojoso sonríe abiertamente ofreciéndole un cigarrillo.

-Bien, esperando que llamen. -Prende el cigarrillo al que se agarra con fruición. Luego agradece el café que uno de los habituales ha pagado. Apura la taza del tirón y vuelve al pitillo con fuerza. Rompe a toser. Una tos húmeda presagio de tormentas.

-Cuidado, mujer. No deberías fumar -advierte uno a mis espaldas. No sabría decir quién. No puedo apartar los ojos de ella.

-¿Yo? Pecho de oro, estoy fuerte. -La mano aletea adiós.

-Bailaba -comenta la voz de antes. Esta vez me giro. Es uno al que llaman Mario: cuarentón, manos como palas y mirada lejana, amable.

-Y dicen que lo hacía bien -murmura el Piojoso-. Entonces la dejó el marido y mira...

-Qué cosas -gruñe Mario.

-Sí.

Y nadie dice más.

Salgo a la calle y al mirar calle arriba, la veo ahí parada agitando las manos como palomas.

Manos que buscan...

jueves, 31 de diciembre de 2009

LA MAGIA PERDIDA


-Ahí tienes -declara el cliente, un tal Faustino-. Y feliz año, Paco.

-Al año que le den. A éste que se va y también al que entra.

-¿Ya estamos de malas?

-¿De malas? Si es que todos los años es la misma historia, cojones. En la calle, en la tienda, en la finca... Que si feliz Navidad, que si feliz año, que si feliz pollas en vinagre y luego el resto del año los mismos capullos que me lo desean, ni me hablan.

-Va hostia, es que es la época.

-Pues voy y me cago en la época por eso precisamente, porque es la época. Por lo menos nadie podrá decir que soy un falso. Yo igualito todo el año: un borde de cojones.

El local se ha preñado de un silencio oscuro. La parrafada del Piojoso nos ha dejado a todos mudos. Porque tiene razón, toda la del mundo. Pero aún así, supongo que el crío que llevamos dentro quiere creer en algo llamado la Navidad, en que todavía existe la magia y la posibilidad de que volvamos a sentir ese cosquilleo agradable que te recorría el cuerpo de chiquillo. Y sabremos que eso ya es cosa del pasado, pero jode que te lo digan, igual que te digan que te vas a morir. Será verdad, pero jode oírlo.

Y así estamos todos, con la idea de que tal y como se ha torcido el día, lo mejor es irse a casa. Y entonces Paco, el Piojoso, un pedazo cabrón donde los haya, golpea la barra con una botella.

-Mecagoenlalechequehabeismamaohatajomamones -suelta en un idioma desconocido. Suena a maldición poderosa así que por si acaso, más de uno se santigua.

De pronto, como por arte de magia, aparecen una copas aflautadas al lado de la botella que por cierto se adivina de cava. Sí, se adivina porque viene trajeada de polvo y telarañas.

-Hala, nenazas, que sois unas nenazas. A brindar todo el mundo. -Y el Piojoso abre el cava que suelta un ¡pop! muy poco entusiasta.

Poco a poco nos acercamos todos a por nuestra copa de cava y acabamos deseándonos feliz año y feliz lo que haga falta. Y el que más o el que menos, vuelve a sentir el cosquilleo ese de la infancia. Supongo que las burbujas de buena mañana tendrán algo que ver. Pero es lo que hay, unos instantes de magia. Y gracias al Piojoso. Tiene gracia el tema. De todas formas, voy a aprovechar para compartir la magia y desearos a todos un FELIZ 2010.

lunes, 28 de diciembre de 2009

INOCENTADAS


-¡Ni los inocentes ni pollas! ¡Lo has pedido, lo pagas y punto!

Mi llegada al Piojoso topa con dos rostros que centran la atención de todos. Uno de ellos está congestionado hasta competir con una remolacha en el color y el otro hace lo mismo, competir también, pero con las paredes de cal. El cabreado hasta el extremo es el Piojoso que se inclina sobre la barra como si fuera a saltarla y el agredido, las palabras del dueño del bar tienen aristas que hieren en lo más hondo, es Bajito. Me pregunto qué diablos habrá hecho el pobre desgraciado para suscitar las iras del Piojoso. La escena permanece congelada durante unos instantes, milésimas de segundo, y con una asombrosa claridad distingo hasta las gotitas de saliva que recorren el espacio entre la boca del Piojoso y el rostro de Bajito. Disfruto del cuadro hasta que se emborrona en un parpadeo. Los personajes recobran el movimiento, incluido servidor.

-Ya lo sabes -sisea el Piojoso algo más tranquilo-. Siete euros y lo que hagas con eso me la trae floja.
Al decir "eso", señala un vaso largo lleno de un extraño liquido blanco lechoso con mechas amarillas y negruzcas.
-Joder, Paco -gimotea Bajito que todavía no ha aprendido que a Paco, el Piojoso, las súplicas lo hacen más borde de lo que es por naturaleza-. Era una inocentada, solo quería que echáramos unas risas.
-Muy bien, pues mira como me río: Jajaja. Ahora paga el puto cubata y me seguiré riendo como una loca.
-¿Siete euros?
-Siete, sí, siete. Lo que vale un cubata de whiskey más la leche que es de la buena. La pimienta te la regalo.
-La hostia, también eres tú un poco cabrón, joder -Sabio se acerca a la barra con su andar parsimonioso de barrilete con sobrepeso. Deja una copa sobre la barra para que se la rellenen y prende un cigarrillo.
Observo a Bajito escabillirse a un lado. Tonto no es, un poco bobo, pero lo que se dice tonto, no.
-El chaval solo quería gastarte una broma y tú vas y te pones como una fiera. Hay que tener un poco de espíritu navideño. Tampoco ha hecho daño a nadie, ¿no?

A todo esto yo sigo sin café, pero tampoco me hago notar que hoy va a haber sangre y no quiero que me salpique. Me encojo sin querer y veo por el rabillo del ojo que los habituales procuran fundirse con las sillas. Se avecina tormenta y nadie quiere sufrir "daños colaterales".
-Tienes razón, coño, tienes razón.
El suspiro de asombro se convierte en exclamación cuando en el rostro del Piojoso aparece una sonrisa.
-Es Navidad. Venga, no te preocupes por esto -le dice a Bajito y coge el "combinado" de la barra-. ¿Otro? -pregunta a Sabio que también luce una sonrisilla, algo engreída todo hay que decirlo, pero hoy parece que hasta en el Piojoso imperará el espíritu de paz y cordialidad propio de estas fechas.
Pronto la copa de Sabio está llena y mi café delante de mí. Lo saboreo con el deleite acostumbrado endulzado con la armonía del momento. El murmullo del fondo es más alegre que de costumbre y por la puerta se adivina un día claro, sin nubes. Y, como todo lo bueno, no dura demasiado.
-¡HOSTIA PUTA!
Sabio está de pie escupiendo y blasfemando a la vez, cosa que tiene su mérito. Probad a hacerlo si no me creéis.
-¿QUÉ COJONES ES ESTO? -aulla hacia la barra mientras agita la copa.
Al Piojoso le cuesta algunos segundos responder, está doblao de la risa. -¡INOCENTE! -grita finalmente entre risotadas-. ¿No te gusta el coñac con vinagre? ¡Toma espíritu navideño! JA,JA,JA,JA.
-Pero que recabrón eres -musita Sabio limpiándose la lengua con una servilleta-. Anda, tira esta mierda y ponme otra -añade, dejando la copa sobre la barra.
-¿De lo mismo? -pregunta el Piojoso y rompe a reír de nuevo. Para mi asombro, Sabio se une a las risas y acaba golpeando la barra mientras le caen lágrimas al grito de: ¡Qué Cabrón eres, Paco!
La risa es más contagioso que las lágrimas y acabamos todos riendo a carcajadas de tal modo que quien pase por la puerta ha de pensar por fuerza que o bien nos hemos colocado con algo o hemos perdido la cabeza. O las dos cosas. Aunque tampoco pasa nada, el bar ya cuenta con una fama de los más infame en el barrio.

Cuando me marcho, con todo el mundo más tranquilo y relajado, el día que se barruntaba está ahí: claro, azul, soleado y con un airecillo rascabajos que corta las ideas. Pero es hermoso, un buen día. Uno con espíritu navideño.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Clooney, Malkovich y el Piojoso


-¡ESA PUERTA! -se queja el coro de habituales.

Entro deprisa dejándome abrazar por la cálida atmósfera del Piojoso. Cálida y repleta de olores que se podrían clasificar por estratos en base a su antiguedad. La mayoría de esos estratos son una agresión olfativa, menos mal que al cabo de un rato uno se integra de tal manera que ya no huele nada. Lo malo es que la pestuza te impregna el pelo, la ropa y cada centímetro de la piel. Y claro, cuando llego a casa, hay quien no se acostumbra a ese peculiar "aroma".

-Del Piojoso, ¿eh? -comenta con sorna mi mujer.

-Ujum -respondo distraido.

-El mejor café del barrio, ¿eh?

-Ujum - repito, esta vez con más cuidado que me da en la nariz (nunca mejor dicho) que algo se cuece en Dinamarca.

-Y a ti te parece normal ir a por flores a las cloacas, ¿eh?

Harto ya de tanto ¿eh? y ofendido por el tema ese de las cloacas, me giro con determinación y suelto lo que pienso.

-Mujer, ¿tanto te molesta?

-No, hombre, no. Solo que hueles a cabra, pero no quisiera yo privarte de ese placer. El del café quiero decir. Pero podríamos evitar que vengas apestando, ¿no? Se me ha ocurrido una idea -y me mira muy zalamera ella. Las alarmas se disparan en mi cabeza.

-¿Qué quieres decir? -pregunto con cautela.

-Que podríamos pedirle a los Reyes que nos traigan la cafetera esa del George Clooney, que hace muy buen café.

No sé qué contestar, por un lado sé que hace un buen café el trasto ese, lo he probado en casa de un amigo. Por el otro, Clooney tiene a Malkovich y yo tengo al Piojoso. Niego lentamente con la cabeza.

-No, creo que no.

-¿Por qué, cariño? -y la pregunta ronronea como una motosierra calentándose.

-Porque este año había pensado que podíamos pedir la Wii, así podemos hacer ejercicio en casa -lo suelto de corrido inspirado por alguna musa cafetera que ha venido en mi auxilio. En realidad he querido decir que es ella la que puede hacer ejercicio, que yo soy más de correr por la calle y jugar a futbito. Ha sido una salida a la desesperada. No me atrevo a levantar la mirada. De pronto una avalancha de besos y abrazos se me viene encima.

-¡Mi amor! ¡Eres un cielo!

¡Uf! ¡Por poco! A partir de ahora me cambio de ropa en cuanto vuelva del Piojoso y me lavo bien lavado o mejor aún, me ducho. Y es que no puedo prescindir del Piojoso. No es solo el café, es todo el ritual y los rituales son tan necesarios como las improvisaciones. Respiro aliviado, he estado fino y rápido. Me voy a tomar otro café para celebrarlo ¡Va por vosotros, George y John!

(Por cierto, ahora a ver a qué Rey convenzo para que me regale una Wii)

jueves, 17 de diciembre de 2009

Premio Blog de Fantasía















-¡Eh! ¿Es verdad que te han dado un premio?
-Sí -responde el Piojoso con una gran sonrisa-. Me lo ha dado Rosa que tiene un garito muy interesante. -Me asombra la variedad de colores que presenta en los dientes que le quedan, desde el amarillo claro a una suerte de verde oscuro que impresiona
-A ver si es que le gustas -ríe Bajito. El resto de habituales ríe con él. Eso sí, antes se han asegurado todos de que al Piojoso el comentario no le ha sentado mal. Con éste nunca se sabe.
-Pues aquí donde me veis - comenta el premiado sin dejar de sonreír-, yo ligaba lo mío en mis tiempos. Lo que pasa es que la edad... -se encoge de hombros dejando la frase inacabada.
Bajito abre la boca para soltar una de las suyas pero afortunadamente para él, se lo piensa y decide callar. Menos mal, se acerca la Navidad y prefiero no verla teñida de sangre.
El Piojoso mientras tanto, ha sacado varios vasos chatos, de esos que sirven para los chupitos. Cuenta los que estamos en el bar y luego escancia una tirito de orujo.
-Venga -grazna-, a beber todo el mundo. Por Rosa.
Y por Rosa que brindamos todos y yo acabo con ganas de ponerme a saltar. Apuro el café cuando veo al Piojoso coger de nuevo la botella. Un "tirito" vale, dos pueden dejarme tumbado el resto del día. Me despido con el consabido gruñido y salgo a la calle donde me abofetea el aire helado, despejándome.
No es mala forma de empezar el día: con un brindis y un premio.
Va por ti, Rosa.

viernes, 4 de diciembre de 2009

LOTERÍA


-Mira por donde me acaban de regalar lotería de Navidad. -Al Piojoso le brillan tanto los ojillos que juraría que se ha emocionado de verdad.

-¿Regalar? -rezongó Bajito-. Ya será menos. Nadie regala nada.

-Eso crees tú que eres un mala sangre -responde el Piojoso sin perder la sonrisa. Se le ve contento, no creo que le hagan muchos regalos-. Me lo manda Milagros desde su blog. Parece que le caemos bien -añade con gesto de sorpresa.

-¡Le caemos bien! -exclama Bajito, asombrado-. Eso si que es difícil de creer.

Pago mi café mientras disimulo la sonrisa que me cosquillea en los labios. , pienso. Le caéis bien. No me explico el porqué, pero así son las cosas.

-Pues le caemos bien porque somos lo que somos: tipos singulares -sentencia el Piojoso muy ufano. Y con eso da por cerrado el tema y yo me marcho hasta la próxima.



Desde el blog Alas de Plomo regalan lotería a los blogueros. Los interesados que acudan allí a leer las condiciones.

A mí me la manda Milagros, seguidora de las andanzas del Piojoso y su banda.

Gracias Milagros, un detallazo el tuyo.


Mis blogs elegidos para compartir esta suerte son:










martes, 1 de diciembre de 2009

El Cigarrillo, el Repollo y el Gobierno


—Esta vez van en serio: no van a dejar fumar en ningún lado —y pega una fuerte calada al cigarrillo que lleva tumbado en el labio—. Al final nos tocará hacerlo a escondidas como cuando éramos críos. ¡Mierda país!
—Eso ya lo veremos—interviene el Piojoso enarbolando su propio cigarrillo a modo de florete—. Aquí la gente va a seguir fumando por mis cojones, y punto.
—Pues si te denuncian, te cae un multazo y hasta puede que te cierren el bar…
El Piojoso dispara la mirada bermeja hacia quien acaba de hablar.
— ¿Qué pasa? —pregunta arrastrando las palabras sobre gravilla—. ¿Se lo vas a decir tú?
El habitual, un jubilado rollizo y malencarado que casi nunca abre la boca y está deseando haber seguido así, agacha la cabeza.
—No, coño, solo decía que…
Normalmente, cuando arremete, el Piojoso se conforma con esos gimoteos, pero hoy no parece dispuesto a perder la presa. Me da que no ha pasado buena noche, las legañas que juguetean entre sus pestañas le delatan, y alguien va a pagar por eso. Pero interviene el Sabio, difícil que éste se calle cuando hay polémica de por medio, y la presunta víctima suspira aliviada mientras corre hacia la niebla de humos que pende al fondo del local.
—Lo que hay es mucha hipocresía —sentencia Ismael, el Sabio—. El puto gobierno que cada vez es más papá, venga a meterse con los que fumamos, pero se lleva sus buenos duros por cada paquete de tabaco. Y nada de prohibir que lo vendan. Sí, sí, mucho que fumar puede matar, pero ellos a seguir mojando en la sopa que si luego te da un cáncer, ellos ya te han avisado. A partir de ahí, te jodes.
—Pues lo que digo es que a mí no me dice nadie lo que puedo hacer en mi bar —salta el Piojoso—. Aquí se fuma y se fumará y que no venga nadie a tocarme los cojones.
Casi todos cabeceamos asintiendo mientras nos llevamos las manos al pecho: el que más o el que menos tiene una tos de esas que llaman cavernosa y que asusta a los niños cuando la sueltas por la calle. Pero que no nos digan lo que tenemos que hacer.

—¡Eh! —me grita una vocecita en la cabeza— ¡Que tú ya no fumas!

El Sabio se envalentona. Vernos a todos pendientes, le pone. Eso sí, él a su bola.
—Pues hay más sobre esto del tabaco. ¿Sabéis lo que me dijo el médico el otro día? —Se detiene teatralmente mirando a su alrededor. Luego levanta dos dedos—. Uno: que dejara de fumar. Cosa que no pienso dejar de hacer y se lo dije bien clarito. —Lo subraya metiéndole fuego a un Ducados—. Y dos: esto no os la vais a creer. Coge el tío y, mirándome fijamente después de decirle que el tabaco no lo dejo, va y me suelta: Le comprendo perfectamente, porque el problema real no es el tabaco. ¿Sabe usted, Sr. Repollo, cuál es el problema de…?
—¿Sr. Repollo? ¿Quién coño es el Sr. Repollo? —interrumpe el Piojoso.
—Coño, pues yo —declara muy ufano el Sabio—. El médico se llama Rodríguez o Ramírez o …
La carcajada general troncha la frase. Carajillos y cafés riegan en aspersión la barra y las mesas. El Sabio frunce el ceño como si no comprendiera qué ocurre e intenta seguir.
—Si solo fumáramos tabaco, no… —Imposible, las risas han degenerado en esa riada incontenible de comentarios sofocados con jadeos histéricos. Los rostros se giran con manos enmascarando las bocas. No hay nada que hacer: Ismael el Sabio está siendo objeto del mayor cachondeo que se recuerda en el Piojoso.
—Repollo —se oye por un lado y risas que lo corean.
—Cambia la O
— ¿La O?
—Por una A.
—Repa…
— Esa no, coño. La otra.
—¡Ah! Repo...
Y esa risa que remueve como un terremoto al que la suelta, se apodera de todos. Yo, visto el cariz casi sádico que está tomando el asunto, decido que lo mejor es largarme.
— ¿Y su señora cómo se llama?
Apuro el café no queriendo escuchar la respuesta a esa pregunta y salgo fuera donde aún tengo que detenerme para tomar aire y ventilar las carcajadas. En eso estoy cuando se abre la puerta a mis espaldas y una figura sombría pasa por mi lado refunfuñando.
—Lo que llevan los cigarrillos es lo que debería controlar el gobierno. Si fuera tabaco solo, no perjudicaría tanto, ni viciaría tanto. PANDAHIJOSDEPUTA.
Y no sé si se refiere al gobierno o a los de dentro. A través de la puerta se cuelan comentarios hirientes que le hacen medio volverse y entonces se fija en mí. Ismael, el Sabio, aprieta la mandíbula, observándome. Yo enarco las cejas y ladeo la cabeza queriendo ofrecerle mi simpatía,
— ¡Putos ignorantes! —exclama al fin y se larga calle abajo con un cabreo monumental.
A mí aún me dura la sonrisa un buen rato, pero se me acaba pasando cuando de pronto me asaltan unas ganas terribles de fumar. Las echo a un lado indignado. Llevo ocho meses sin fumar no voy a caer ahora… ¡Uf! Un cafetito con un pitillo… No, ni hablar. NI HABLAR.
Joder, ¿qué coño le meterán al tabaco?
Entrada publicada por primera vez el uno de diciembre del 2009 en este blog.

martes, 27 de octubre de 2009

Deseos entre el humo.

(Entrada publicada por primera vez aquí, en este blog)

El silencio se puede cortar con un suspiro pero a ver quién es el guapo que lo deja escapar.

Tengo el café delante de mí, a pesar de mi ausencia de varias semanas, me han vuelto a aceptar como uno más. Ahora lo único que tengo que hacer es aguantar la respiración para evitar la sempiterna humareda y así conseguiré tomarme el café sin caer otra vez en las garras del tabaco.

Pero volvamos al silencio que hiere y obliga. Tanto que he removido mi brebaje evitando las paredes de la taza y al dejar la cucharilla, hasta me ha temblado el pulso del cuidado con que lo he hecho. La espera se prolonga demasiado. Entonces alguien se cruza de piernas y otro se acomoda en la silla.Un tercero ahoga una tos, el de más allá expulsa el humo con demasiada fuerza y al cabo surgen las voces de entre la niebla quieta y voy a darme cuenta de que apenas respiraba al hacerlo de pronto con fuerza.

-Si que tarda.

-A saber cómo tendrá eso.

-Mira que si...

La última voz calla ante varios gruñidos de advertencia, ese "si" no quieren contemplarlo.

Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión, este momento del día que se balancea entre el sueno y la realidad, es la hora mágica en que todos hacen planes, nada definido, simplemente acarician la idea de comenzar una nueva vida, una mejor que no sea solo dejar pasar el tiempo. Y en esos instantes hasta llegan a creer que cuando salgan por la puerta del bar van a dar el primer paso, el más difícil porque los demás suelen venir detrás sin demasiado esfuerzo. En cuanto rompe la luz del sol y pasan los primeros críos camino del colegio, ese momento se pierde. La magia se difumina y alguno piensa que lo hará mañana, citando, probablemente sin saberlo, a Scarlett O´Hara. Pero ese hechizo es el combustible del día, lo que les mantendrá en marcha hasta el día siguiente. Que ese momento se rompa antes de tiempo o no llegue a cristalizar es suficiente para que la gente se sienta jodida, muy jodida.

Al final, el Piojoso emerge por la puerta del almacén y los rostros se vuelven hacia él expectantes. El sonríe de medio lado o les gruñe, que con éste nunca se sabe, pero las miradas se centran en la botella que lleva en la mano.
-Quedaba una. Veterano -anuncia, metiéndose tras la barra.

Varias sillas se arrastran y de pronto la barra está repleta. El Piojoso prepara copas y carajillos con rapidez, los habituales corren de vuelta a sus sitios y la calma cae cobijando ese instante mágico.
Me marcho con tanto sigilo como me es posible, con un peso indefinible en el pecho. La ropa me apesta a humo y el olor me trae recuerdos. No sé yo si esto va a funcionar...