lunes, 28 de diciembre de 2009

INOCENTADAS


-¡Ni los inocentes ni pollas! ¡Lo has pedido, lo pagas y punto!

Mi llegada al Piojoso topa con dos rostros que centran la atención de todos. Uno de ellos está congestionado hasta competir con una remolacha en el color y el otro hace lo mismo, competir también, pero con las paredes de cal. El cabreado hasta el extremo es el Piojoso que se inclina sobre la barra como si fuera a saltarla y el agredido, las palabras del dueño del bar tienen aristas que hieren en lo más hondo, es Bajito. Me pregunto qué diablos habrá hecho el pobre desgraciado para suscitar las iras del Piojoso. La escena permanece congelada durante unos instantes, milésimas de segundo, y con una asombrosa claridad distingo hasta las gotitas de saliva que recorren el espacio entre la boca del Piojoso y el rostro de Bajito. Disfruto del cuadro hasta que se emborrona en un parpadeo. Los personajes recobran el movimiento, incluido servidor.

-Ya lo sabes -sisea el Piojoso algo más tranquilo-. Siete euros y lo que hagas con eso me la trae floja.
Al decir "eso", señala un vaso largo lleno de un extraño liquido blanco lechoso con mechas amarillas y negruzcas.
-Joder, Paco -gimotea Bajito que todavía no ha aprendido que a Paco, el Piojoso, las súplicas lo hacen más borde de lo que es por naturaleza-. Era una inocentada, solo quería que echáramos unas risas.
-Muy bien, pues mira como me río: Jajaja. Ahora paga el puto cubata y me seguiré riendo como una loca.
-¿Siete euros?
-Siete, sí, siete. Lo que vale un cubata de whiskey más la leche que es de la buena. La pimienta te la regalo.
-La hostia, también eres tú un poco cabrón, joder -Sabio se acerca a la barra con su andar parsimonioso de barrilete con sobrepeso. Deja una copa sobre la barra para que se la rellenen y prende un cigarrillo.
Observo a Bajito escabillirse a un lado. Tonto no es, un poco bobo, pero lo que se dice tonto, no.
-El chaval solo quería gastarte una broma y tú vas y te pones como una fiera. Hay que tener un poco de espíritu navideño. Tampoco ha hecho daño a nadie, ¿no?

A todo esto yo sigo sin café, pero tampoco me hago notar que hoy va a haber sangre y no quiero que me salpique. Me encojo sin querer y veo por el rabillo del ojo que los habituales procuran fundirse con las sillas. Se avecina tormenta y nadie quiere sufrir "daños colaterales".
-Tienes razón, coño, tienes razón.
El suspiro de asombro se convierte en exclamación cuando en el rostro del Piojoso aparece una sonrisa.
-Es Navidad. Venga, no te preocupes por esto -le dice a Bajito y coge el "combinado" de la barra-. ¿Otro? -pregunta a Sabio que también luce una sonrisilla, algo engreída todo hay que decirlo, pero hoy parece que hasta en el Piojoso imperará el espíritu de paz y cordialidad propio de estas fechas.
Pronto la copa de Sabio está llena y mi café delante de mí. Lo saboreo con el deleite acostumbrado endulzado con la armonía del momento. El murmullo del fondo es más alegre que de costumbre y por la puerta se adivina un día claro, sin nubes. Y, como todo lo bueno, no dura demasiado.
-¡HOSTIA PUTA!
Sabio está de pie escupiendo y blasfemando a la vez, cosa que tiene su mérito. Probad a hacerlo si no me creéis.
-¿QUÉ COJONES ES ESTO? -aulla hacia la barra mientras agita la copa.
Al Piojoso le cuesta algunos segundos responder, está doblao de la risa. -¡INOCENTE! -grita finalmente entre risotadas-. ¿No te gusta el coñac con vinagre? ¡Toma espíritu navideño! JA,JA,JA,JA.
-Pero que recabrón eres -musita Sabio limpiándose la lengua con una servilleta-. Anda, tira esta mierda y ponme otra -añade, dejando la copa sobre la barra.
-¿De lo mismo? -pregunta el Piojoso y rompe a reír de nuevo. Para mi asombro, Sabio se une a las risas y acaba golpeando la barra mientras le caen lágrimas al grito de: ¡Qué Cabrón eres, Paco!
La risa es más contagioso que las lágrimas y acabamos todos riendo a carcajadas de tal modo que quien pase por la puerta ha de pensar por fuerza que o bien nos hemos colocado con algo o hemos perdido la cabeza. O las dos cosas. Aunque tampoco pasa nada, el bar ya cuenta con una fama de los más infame en el barrio.

Cuando me marcho, con todo el mundo más tranquilo y relajado, el día que se barruntaba está ahí: claro, azul, soleado y con un airecillo rascabajos que corta las ideas. Pero es hermoso, un buen día. Uno con espíritu navideño.

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