jueves, 22 de abril de 2010

BAILARÍN


-Hace tiempo que no lo veo, un par de semanas al menos -un trago largo al botellín de agua. A morro que sabe mejor-. Veinte años viéndonos siempre a la misma hora y de pronto desaparece.
El tipo viste pantalón corto, camiseta de tirantes y zapatillas de corredor. Lleva a la espalda una mochila que es igualita que la de las muñecas de mi hija. Pero no, la del deportista es de "marca" y está diseñada para guardar llaves, dinero y un reproductor de música de esos enanos que hay.
(Yo aún recuerdo los "walkman" ¡Dios, me estoy convirtiendo en un carcamal!)

-Veinte años, joder. A saber si le ha pasado algo. Ponme otra de agua, pero que no esté fría.
-Llámale, coño, ¿no tienes su número?
El corredor niega con la cabeza.
-¡Qué va! No sé ni cómo se llama.
-¿Qué? ¿Pero no sois amigos?
En el bar no hay nadie excepto el Piojoso, el corredor y yo. Es domingo por la mañana y he madrugado más de lo normal. En ocasiones, las horas pesan... Se ve que los domingos, los habituales de El Piojoso se dejan enredar por las sábanas o por la familia o por lo que sea y lo de venir a primera hora lo dejan para entre semana. Luego sí que vienen, que a media mañana los veo a todos trasegando cervezas como si se quisieran recuperar el tiempo perdido.
-Nos cruzamos, bueno cruzábamos, todas las mañanas en el bulevar, corriendo -explica el corredor tras darle un trago largo al botellín-. Yo le llamo "Bailarín"porque tiene una manera muy curiosa de correr; balancea los brazos como si estuviera bailando rock and roll. Me pregunto cómo me llamará él a mí.
El Piojoso no dice nada, pero por el brillo en su mirada creo que está pensando en expresiones como memoloscojones, capullete o tontoelhaba. Me sirve el café con una media sonrisilla borde. Le doy las gracias y aguardo a ver si el otro tiene algo más que decir. Lo tiene.
-Ya sé que parece una tontería -comenta como si nos hubiera leído el pensamiento-. Pero llevaba cruzándome con Bailarín todas las mañanas a las siete y media desde hacía veinte años. Él en una dirección y yo en la otra. Nunca fallábamos, ni él ni yo. Y ahora no está. Dos semanas sin verle, es jodido...
Al tipo parece que se le quiebra la voz. Me siento algo avergonzado por haberme tomado a broma lo suyo. Al mirar de soslayo al Piojoso, veo que ya no sonríe. Está fumando con la precisión de una locomotora y se ha puesto serio.
-Será del barrio, hombre. Si preguntas por ahí seguro que alguien sabe quién es.
-Claro, solo tengo que ir por ahí diciendo si alguien ha visto a un tipo que corre como si bailara rock and roll, -acaba riendo socarrón, su propio comentario.
-Hombre, visto así.
El corredor no dice más, paga los botellines y sale a la calle donde emprende un trotecillo suave.
El Piojoso me mira fijamente.
-Para que luego digan que hacer deporte es sano -suelta de pronto con una carcajada.
No puedo evitar reírle la salida. Supongo que no hay nada mejor que la risa. Ni siquiera el deporte.

miércoles, 10 de marzo de 2010

DESEOS


—No puedo evitar pensar qué ocurriría si la gente supiera de verdad como soy.
—Ya estamos con la metafísica de los cojones.
—No, coño, lo digo en serio.
—Y yo también lo digo en serio. Venga, no des por culo de buena mañana.
Un rumor leve de fondo asiente mostrándose de acuerdo con el Piojoso. Hace frío, un helor que te mete mano y, a la que te descuidas, acaba por robarte toda la tibieza. No nos hace ninguna falta que Sabio venga con sus ocurrencias baratas… Sí, supongo que tampoco tengo el día y me apetece que estos momentos iniciales transcurran en silencio para cobijar la esperanza de que quizás hoy…
—¿Me invitas a un café, cariño?
Isabel manosea el aire frente a mí mientras su mirada vuela de mi rostro a la barra, de ahí al Piojoso y devuelta a mí, sin detenerse demasiado en ningún sitio.
—Claro —respondo con una sonrisa que improviso.
—Tabaco no —dice para sí, tras darme las gracias—. Tú ya no fumas.
Pues no, pienso para mí, eso que he ganado.
No tarda en sacar un pitillo de alguno de la barra y enlaza las manos alrededor del café con leche. La observo con tristeza —hoy todo es del color de la ceniza—, con su suéter raído, sus pantalones desgastados y la expresión minada. Me parece que hoy al día le van a sobrar horas por todas partes.
—Y no hablo de las cosas que he hecho —sigue Sabio como si no hubiera mediado interrupción alguna—. No digo que no haya hecho alguna que otra barrabasada, ya lo creo. Je, je. No, en realidad me refiero a los deseos—. Se interrumpe mientras enciende con parsimonia un cigarrillo. Casi a mi pesar me encuentro aguardando a lo que vendrá a continuación. No soy el único.
—Que te zumbarías a tu cuñada y no quieres que tu parienta lo sepa, ¿eh? —el Piojoso ríe con aspereza—. Tú y tus deseos.
Sabio niega con gravedad e ignorando la burla.
—No, eso son chorradas. Me refiero a deseos de esos profundos, esos que tienes cuando te despiertas en mitad de la noche o cuando estas distraído y de pronto te vienen a la cabeza. Esos deseos. Y cuando los tengo, me pregunto si la gente que me quiere, de saber lo que ronda…
Me quedo esperando algún comentario o más bien alguna pregunta para que Sabio ponga algún ejemplo. Pero nadie habla y de pronto la tensión se podría arañar.
—Deseos, cosas de niños. Nadie te da un deseo, nadie. Cosas de niños. Yo perdí a los míos —Isabel ahoga el sollozo en que derivaba la frase y, mientras manotea como si recogiera las palabras que acaba de pronunciar, se marcha a toda prisa.
—No era eso de lo que…
—Tómate una copa
—No sé…
—Tómate la copa y cierra el pico.
Y Sabio se la toma y también cierra el pico, como le pide el Piojoso, y yo me marcho contando las horas que le quedan al día.

miércoles, 10 de febrero de 2010

JUSTICIA POÉTICA



-¿No te fías de mí?
-Pues mira, no. Antes le meto la mano en la boca al perro del Jaime que dejarte a ti un euro.
-¡Serás cabrón! Mi perro no es tan malo.
-No, solo que le sobran dientes y mala leche.
-Si la gente lo deja en paz, no hace nada.
-Y si tú me dejas en paz a mí, no te mando a la mierda -se revuelve el Piojoso. No le faltan motivos, el can en cuestión tiene a medio barrio acongojado y el dueño es un capullo de mucho cuidado.
-Coño,Paco...
-Paco tiene razón, tu perro es un peligro. Es muy cabrón el chucho ese.
-De chucho nada, es un rottweiler con pedigrí. -El tal Jaime se muestra indignado, tanto como si estuviera hablando de un hijo.
-Pues al rotpolla ese lo mantienes lejos de mi bar, ya lo sabes.
-Vale, hostia. No lo he vuelto a traer desde entonces.
-Pues eso, lejos de aquí -espeta el Piojoso zanjando la discusión. Se vuelve hacia el otro-. Y tú, que me des la razón no va a hacer que te dé un duro. Yo no doy pasta para que te la juegues en la puta máquina.
-¡Que no es para la máquina, Paco! Que estoy sin una perra, hasta mañana no cobro el paro, y no tenemos ni para comer. Te lo juro por mi madre.
-¿Por tu madre?
-Sí, y sabes cuánto la quería. -Tiene la mirada ansiosa y se frota las manos.
-Sí, eso es lo más jodido, que lo sé. -Los ojos entrecerrados y el pitillo que sube y baja. El Piojoso está pensando.
-Vale, te vienes a comer aquí.
-¿Eh?
-Tengo potaje de garbanzos con chorizo y todo.
-Pero si tú no haces comidas.
-Hoy sí. Te vienes a las dos con la familia. Coméis aquí y ya os daré algo para cenar. Y sed puntuales, ¿vale?
El aludido cabecea, vencido, murmura algo que parece un gracias y se marcha.
-No vendrá -suelta Jaime, curvando el labio en señal de desprecio-. Ese desgraciado solo quiere pasta para jugar.
-Vendrá -sentencia el Piojoso-. Si quieres nos jugamos las pelotas de tu perro.
-Me cagüento, deja ya al animal en paz.
-En eso tienes razón, el peor animal eres tú.
-Mira, Paco, me parece que voy a cambiar de bar.
-Ya tardas.
-Paco, hablo en serio.
-¿Qué cojones te hace pensar que yo voy de coña?
Jaime abre la boca, se lo piensa mejor, saca dos euros que deja en la barra y se marcha muy digno por la puerta.
-Capullo de los cojones. No sé cuál es peor, este con su puto perro y la chulería o el otro con las máquinas. -El Piojoso está cabreado de verdad. Está claro que todo viene de antiguo.
-Pues cada uno a su estilo -dictamina Sabio, que hasta el momento no había soltado ni una.
El Piojoso asiente pensativo.
-Y ahora encima te toca estar de cocinitas, porque ese viene aunque sea para no perder la cara.
-Ya lo sé. Está todo listo: un par de botes y el microondas. Y unas natillas que tengo por ahí. Y para cenar embutido de mi pueblo. Ya verás lo lustrosos que están mañana.
-Ja,ja,ja.
Y la suave risa se extiende como una ola entre los habituales. Es una risa de alivio, las cosas se habían puesto algo ásperas.
Me río también, y lo hago a gusto.

martes, 2 de febrero de 2010

DETALLES


-Ponme una copa.
-¿Soberano?
-De lo que sea.
-Estamos jodidos, ¿eh?
-Sí, hasta el cuello de mierda.
-¿Y eso?
Encoge los hombros y frunce la boca.
-Todos tenemos lo nuestro, ¿qué más da?
Entonces entra Isabel, ella por un lado y por el otro sus manos peinando el frío de la mañana. Se acerca al de la copa.
-¿Tienes para un café, cariño?
Estoy a punto de hacerle un gesto para indicarle que la invito yo. Pero el hombre se vuelve y la mira de arriba abajo: el pelo alborotado y repleto de canas, los ojos que revolotean como una polilla atrapada, el viejo suéter de pico, los vaqueros raídos...
-Claro, -dice el hombre,con una sonrisa-. Será un placer invitar a una dama. Ponle lo que quiera a la señora, Paco.
Isabel baja las manos, dejándolas a los costados, y sonríe nerviosa. Juraría que se ha ruborizado.
-Gracias. Tengo café en casa, pero ...
-Pero como el de Paco ninguno, ¿verdad? -y el hombre le ofrece un cigarrillo.
Ella asiente y acepta el Camel.
-Gracias, ya casi no quedan caballeros.
-Ni damas, señora, ni damas.
Los dos sonríen y luego cada uno va a lo suyo.
El Piojoso le sirve el café a Isabel y la copa al hombre. No vuelven a hablarse hasta que ella dice gracias y adiós.
Cuando me voy, el hombre sigue en la barra mimando su copa, echando humo... y sonriendo.

viernes, 29 de enero de 2010

EL CAMINO


—A veces me entran ganas de dejarlo todo atrás y salir a caminar. Pero no por una carretera. Me gustaría que fuera un sendero sin asfaltar, todo polvoriento, pero sin muchas vueltas y revueltas. Prefiero que apunte al horizonte como una flecha y que enfile hacia la puesta de sol. Y a los lados del camino, campos de trigo y cebada con amapolas entre las espigas. Y de tanto en tanto una arboleda, unos cuantos chopos o álamos, pero nada de bosques. Y alguna que otra colina con romero, espliego, brezo, lavanda y tomillo. Y tendría que ser primavera, una suave y cálida con chaparrones. Nada serio, lo justo para refrescar el ambiente y que todo se mantuviera verde.
Y cuando me apeteciera, subiría a una de las colinas y podría ver el mar a lo lejos. Un mar en calma o, como mucho, con olas rizando espuma con parsimonia.
Y cada anochecer llegaría a un pueblo pequeño en el que habría una plaza con un gran árbol en el centro: un roble, una encina o algo por el estilo. También habría un bar para cenar y tomarme algunas copas mientras charlo con los lugareños o echo una partida al tute o al dominó. Luego alguien me ofrecería alojamiento para pasar la noche y yo aceptaría. Al día siguiente, cuando rompiera el sol por levante, ya estaría de nuevo en camino. Y así un día tras otro sin mayor preocupación que echar un pie tras el otro.
—Te aburrirías.
—¿De qué?
—¡Coño de qué! pues de hacer siempre lo mismo, Paco.
—¿Y que crees que hago ahora, listo? ¿Y vosotros? Todos los putos días lo mismo y no os veo muy divertidos.
El Piojoso da una profunda calada al cigarrillo que acaba de prender.
—Venga, no me pongáis esas caras. Era una coña, ¿qué iba yo a hacer sin vosotros? Vamos con los cafés.
Y el repique de tazas y copas son el único sonido que se oye en el bar hasta que me marcho.
Fuera hace frío y huele a lluvia. Compro el periódico y me voy a casa pensando en cómo seria el camino que yo elegiría.
El día se presenta lleno de grises.

domingo, 24 de enero de 2010

TRAGAPERRAS E HIENAS


-El otro día estuvo por aquí.

-¿Y qué?

-Me pidió pasta.

-¿Le diste?

-Veinte pavos. Para hacer la compra. -Aspira el humo y encoge los hombros-. Me dio lástima.

-¿Eso fue ayer?

-Justo, por la mañana.

-Pues lo vi por la tarde en el bar de Manolo dándole a la máquina.

-¡Será cabrón!

Sabio echa la cabeza hacia atrás esquivando el humo ensalivado del otro.

-Es un vicio.

-Si, y el de su familia también, ¿no? Vicio de comer. Si lo pillo, se va a enterar. -El Piojoso aprieta los dientes con rabia, tanta que corta la boquilla del cigarrillo.

-Pues lo verás, esos siempre cubren el mismo territorio.

-Como las hienas.

-Nunca le he visto reír.

-Las hienas tampoco se ríen.

-Es un desgraciado.

Acaban callando.

La máquina del fondo sigue con sus cantos de sirena.

jueves, 21 de enero de 2010

...año de bienes



-Nieve por todas partes y la gente con trineos, esquíes,... Dice el alcalde que si la cosa sigue así, nos vamos a hacer ricos.
-Y tú te quedaste esquiando, ¿no?
-Claro, teníais que haberme visto; estoy hecho un profesional.
Cruzamos todos miradas de incredulidad. Mientras, Isabel palpa el aire intentando darle forma al humo que flota como una nube por el interior del local.
Bajito se remueve sobre su silla.
-Coño, ¿me vas a decir que has estado fuera esquiando estos tres días?
-Sí, mi semana blanca -afirma el Piojoso muy sonriente.
-¿Y que han puesto pistas de esquí en tu pueblo?
-Sí, eso es. Joder, eres la leche. Lo coges todo a la primera.
-¡Pues podías haber dejado un cartel! -acaba por estallar Bajito-. Que aquí hemos estado preocupados.
-¿Un cartel? - se revuelve el Piojoso con los ojos entrecerrados. Isabel parece husmear que algo acaba de torcerse y dando unas gracias musicales, se marcha con las manos entrelazadas.
-Sí, joder, un cartel diciendo que estabas de vacaciones.
-No estaba de vacaciones, listillo. Nevó tanto que no había manera de salir del pueblo.
Bajito recula, acaba su copa y recordando experiencias anteriores, musita un "me alegro que estés de vuelta" y sale a escape. El Piojoso se ríe para sí mismo mientras enciende un pitillo.
-Anda que no eres tú cabrón -suelta Mario con una suave sonrisa-. ¡Esquiando! serás mamón.
El Piojoso se encoge de hombros sin dejar de reír.
-¿No es la fiesta del embutido en tu pueblo?
El de la barra no contesta, pero la risa cobra un ritmo más grave.
-Fuego de leña, buen chorizo con pan, vino, carajillos y partidas de cartas. Eso es lo que tú has esquiado.
-Pero estábamos aislados.
-Ya -bufa Mario.
-Y bien que lloramos cuando llegaron las quitanieves. Nadie las había llamado, no nos faltaba de nada. -Suelta una carcajada sonora a la vez que expulsa el humo del cigarrillo.
-Pues casi te quedas sin clientela -comenta otro. Creo que se llama Manolo.
El Piojoso sonríe abiertamente.
-¿Sin vosotros? ¿Y a dónde vais a ir, pringaos? ¿A la panadería con las marujas y todas esas luces?
La pregunta queda sin respuesta. Pero tiene razón, los habituales del bar no tienen lugar en sitios como las panaderías esas donde sirven cafés. Serían como vampiros tomando el sol.
Me marcho y distingo las luces de la panadería en cuestión. Buen café tienen, eso sí...
Me alegro de que el Piojoso haya vuelto.

martes, 12 de enero de 2010

Año de Nieves...


-¿Dónde estará?

-Iba para su pueblo el fin de semana. Seguro que está aislado por la nieve o algo así.

-Joder, pues a ver dónde vamos.

Somos cuatro frente al Piojoso dando saltitos en la acera para ahuyentar el frío.

-Está la panadería esa que ponen cafés -sugiere uno con la nariz goteante.
-No dejan fumar.

-Pues por aquí está todo cerrado.
Al cabo de cinco minutos nos gruñimos un hasta luego resignado y cada cual se dirige a casa. Bueno, yo no. Yo ya no fumo, así que me voy a la panadería y pido un café. No aguanto demasiado. Mucha luz, gente entrando y saliendo que vocifera buen día como si por el hecho de gritarlo fuera a ser mejor. Las conversaciones sobre el pan, el frío, los niños, los mayores...

El café no está mal, eso que me llevo.

Espero que la nieve se derrita pronto.

miércoles, 6 de enero de 2010

MANOS


En el barrio hay una presencia liviana como un suspiro que se presiente antes que verse.

Haga frío sobón o calor impertinente, luce siempre el mismo suéter de pico y colores rotos. Los vaqueros mugrientos se despeñan buscando donde aferrarse en las piernas magras hasta caer sobre los pies. Allí asoman las zapatillas que son de las llamadas pantuflas, de ir por casa. Estas hallan hogar en las aceras que encaminan sus adoquines a las puertas de los bares.

Camina a trancas como una marioneta de hilos flojos y se detiene cada pocos pasos. Es entonces cuando las manos buscan el aire. Manos de dedos largos, uñas rotas y negras que no arañan el aire, solo lo acarician conjurando quién sabe qué. Ella musita o canturrea y tiene la mirada más allá. Solo dura unos segundos, luego las manos caen a los costados, yertas, agotadas. Y ella se pone de nuevo en marcha asomando la cabeza por los bares y pidiendo para un café y también un cigarrillo. La voz es extrañamente infantil, aunque la mirada deshace enseguida la impresión.

-Hola, Isabel. ¿Cómo va? -el Piojoso sonríe abiertamente ofreciéndole un cigarrillo.

-Bien, esperando que llamen. -Prende el cigarrillo al que se agarra con fruición. Luego agradece el café que uno de los habituales ha pagado. Apura la taza del tirón y vuelve al pitillo con fuerza. Rompe a toser. Una tos húmeda presagio de tormentas.

-Cuidado, mujer. No deberías fumar -advierte uno a mis espaldas. No sabría decir quién. No puedo apartar los ojos de ella.

-¿Yo? Pecho de oro, estoy fuerte. -La mano aletea adiós.

-Bailaba -comenta la voz de antes. Esta vez me giro. Es uno al que llaman Mario: cuarentón, manos como palas y mirada lejana, amable.

-Y dicen que lo hacía bien -murmura el Piojoso-. Entonces la dejó el marido y mira...

-Qué cosas -gruñe Mario.

-Sí.

Y nadie dice más.

Salgo a la calle y al mirar calle arriba, la veo ahí parada agitando las manos como palomas.

Manos que buscan...