viernes, 20 de noviembre de 2009

Larguirucho


Callejeaba por las sombras de los edificios evitando el calor asesino, cuando a punto estuve de tropezar con una figura que doblaba la esquina arrastrando los pies. Musité un disculpe algo irritado, y estaba a punto de reanudar mi regate al sol cuando reconocí a Larguirucho... o lo que queda de él. Tiene la piel tan tensa que parece una máscara barata para Halloween y el ardor de la mirada es sólo el fuego de la enfermedad, no el de alguien librando una batalla. Está vencido y lo sabe, aunque siga dibujando esa media sonrisa con la que parece decir que en el fondo todo es un chiste, de mejor o peor gusto, pero un chiste.

-¿Cómo va?- me espetó con voz rota.
-Bien -respondí-. Aguantando el calor -me pasé la mano por la frente.
-¿Sabes algo de este? -el gesto era inequívoco; preguntaba por el Piojoso.
-Pues que está de vacaciones.
-Ya -removió los pies, inquieto. Supe que deseaba estar allí: en el bar, con los suyos.
-¿Y tú? -dije sin pensar, por romper el silencio-. ¿Cómo va? -Me hubiera dado una bofetada nada más hacer la pregunta.
Me miró a punto de soltar una carcajada y antes de pronunciar palabra, yo ya sabía lo que iba a decir.
-Va bien, es la espera la que me está matando -y croó una risa hueca alejándose luego calle abajo.
Me quedé allí un rato con un sudor, que nada tenía que ver con el calor, recorriéndome la espalda. Nunca pensé que echaría tanto de menos al Piojoso.


Publicado el 1 de julio del 2009 en Letras para Soñar.

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